martes, 3 de diciembre de 2013

Nacionalismo y deporte:


El deporte está cada vez más politizado. Por su parte, el nacionalismo trata de sacar partido del deporte en general y del fútbol en particular. Mucha gente pensará que esto está mal y probablemente tengan razón. Pero, ¿quién politiza el deporte? ¿Quién trata de usarlo para sus fines? En su origen, el deporte es una actividad lúdica, cuyo principal fin es dar cauce al instinto explorador y competitivo del ser humano que, mediante la disciplina y el sacrificio, trata de alcanzar la excelencia. El deporte también permite canalizar las tensiones sociales y evitar conflictos violentos. Por lo tanto, el deporte no es sólo un pasatiempo, sino que cumple importantes funciones en cualquier sociedad. Por eso los seguidores se identifican con sus deportistas favoritos y llega a considerarlos verdaderos héroes.
Cuando los deportistas representan a ciudades o países, esta capacidad de identificación adquiere relevancia política. Las antiguas ciudades griegas, los estados de la época, paraban hasta las guerras para medir sus fuerzas por medio del deporte en distintas competiciones y en los Juegos Olímpicos.
Ayer y hoy, además de la victoria deportiva, estas competiciones otorgaban prestigio internacional. Si una ciudad era realmente poderosa también debía mostrar ese poder por medio de sus atletas. Y al revés, si alguien destacaba deportivamente era previsible que fuese un rival temible en la guerra.
No hay duda de que los estados han usado el deporte desde siempre para aumentar su prestigio, demostrar su poder y cohesionar a sus sociedades alimentando el nacionalismo. Por este motivo, han controlado la organización del deporte internacional. No es cierto que en los Juegos Olímpicos estén los mejores deportistas del mundo. Compiten los mejores de los diversos estados, que no es exactamente lo mismo. En ocasiones, hay atletas excelentes que no pueden ir porque su país es extraordinario en un deporte, como en el caso de los velocistas estadounidenses, cuyas pruebas nacionales de clasificación en ocasiones han tenido mejores marcas que las finales olímpicas. A su vez, en los campeonatos internacionales de fútbol, por poner algunos ejemplos, muchas veces han faltado futbolistas excepcionales porque sus selecciones nacionales eran muy flojas. Esto implica que jugadores como Eto"o (Camerún) o Adebayor (Togo) no siempre tienen asegurada su participación en los grandes eventos deportivos. El mundo de la política internacional está controlado por los estados y el del deporte internacional, también.
Por si todo esto fuese poco, cuando hay un partido de la selección española, aunque sea un amistoso intrascendente, no puede haber ningún otro partido en la televisión el mismo día, incluso aunque sea a otra hora. Ello condiciona absolutamente los calendarios de las selecciones no oficiales e incluso de los clubes, concentrando partidos y machacando a los jugadores. Por ejemplo, debido a esta norma, el partido entre el Athletic y Paraguay no pudo ser retransmitido por ninguna televisión, con las consiguientes pérdidas para el club en un partido cuya recaudación era para el fútbol base
Cada vez que vemos un partido de cualquier deporte, el locutor nunca pierde la oportunidad de recordarnos que el gol es de un futbolista argentino, la etapa se la lleva un ciclista francés o la saltadora rusa ha batido un récord del mundo. Constantemente se refuerza el vínculo entre deporte y nacionalismo. La copa de fútbol es del rey y de España, hay muchos clubes cuyos nombres comienza por Real, etc. ¿Quién usa el deporte de forma nacionalista?
La “neutralidad política” del deporte es un mito. Es, gracias a los medios entre otras cosas, el caldo de cultivo de la identificación chovinista, del nacionalismo. De hecho el deporte es incluso un canal privilegiado para inocular ese veneno tan nocivo.
El nacionalismo se ha cultivado siempre contra los explotados mediante el ritual y los símbolos que enmarcan esos encuentros. La puesta en escena con fines propagandísticos no es, como pretende hacerlo creer la historia oficial, algo propio del nazismo o el estalinismo, sino una práctica general de todos los países. Para cerciorarse de ello, basta con recordar los protocolos y las fastuosidades en la apertura de las Olimpiadas de Pekín en 2008 o en las de Londres de 2012, o el salto al campo de los equipos nacionales de fútbol en los grandes encuentros. Los grandes espectáculos deportivos permiten hacer surgir fuertes emociones colectivas que guían fácilmente las mentes hacia un universo de códigos y símbolos nacionales
En África del Sur, por ejemplo, el ANC de Mandela en nombre de la lucha contra el apartheid, utilizó los colores del equipo de rugby para encauzar la lucha de clases hacia la mistificación nacional. Las grandes victorias deportivas también pueden prolongar ese principio de sumisión ciega en una especie de histeria colectiva (como ha podido observarse con la victoria de la selección española en el mundial de fútbol de 2010, o la de Italia unos años antes, o la del equipo de Francia en 1998...), con demostraciones de júbilo infestadas de banderas y mitos nacionales prefabricados. Finalmente, la guerra por los títulos, las medallas, nación contra nación, intenta mantener, igual que en los frentes durante los conflictos bélicos, esa dependencia de los espíritus, cultivando siempre el terreno de la xenofobia y de las violencias nacionalistas. El deporte es siempre encarnación de los intereses de los Estados, según el mismo ritual que el del ejército: decoraciones, citaciones, desfiles. Como decía Rosa Luxemburgo durante la Primera Guerra mundial: “Los intereses nacionales no son sino una mistificación cuyo fin es poner a las masas populares laboriosas al servicio de su enemigo mortal: el imperialismo.
El deporte siempre ha sido instrumentalizado en los enfrentamientos imperialistas. Las Olimpiadas de Berlín, en 1936, por ejemplo, sirvieron de punta de lanza de la militarización, anticipando las manifestaciones de fuerza de las potencias del “Eje”, bloque militar que iba a luchar por su “espacio vital”. Para los nazis, los campeones debían ser “guerreros por Alemania, embajadores del 3er Reich”. Según Hitler, el joven deportista alemán debía ser “resistente como el cuero, duro como el acero de Krupp”
El deporte tenía que preparar la guerra imperialista y servir para evidenciar la “superioridad de la raza aria”
Todos los encuentros deportivos fueron un medio para el régimen nazi de hacer que ondeara simbólicamente su bandera sobre todos los territorios que codiciaba.
Para lo que sería el campo bélico adverso, los encuentros deportivos iban también a servir para preparar física y mentalmente para la guerra a los “resistentes”. Las organizaciones estalinistas y social-patriotas intentaron incluso organizar una “contra-olimpiada” en Barcelona en julio de 1936, para alistar a los proletarios tras los estandartes del antifascismo. Aunque tal proyecto no pudo concretarse, debido al golpe de Estado franquista, sí que sirvió para incrementar la adhesión ideológica al bloque imperialista de los futuros “aliados”. El deporte aportó su pequeña contribución, de un lado y del otro, a lo que acabaría siendo una nueva carnicería mundial en la que hubo más de 50 millones de muertos.


En todas las ocasiones, los Estados implicados en las contiendas deportivas, han presentado siempre a sus atletas, a menudo dopados a tope, como “en guerra” para retar al “enemigo”, ya en el marco de bloques militares rivales, ya en su propio seno de éstos, o, tras la desaparición de dichos bloques, entre naciones. El fútbol ha ilustrado con creces esas tensiones, nutriendo los odios entre la muchedumbre. Hay ejemplos a montones, pero solo mencionaremos el trágico episodio del partido entre El Salvador y Honduras, en 1969, calificativo para el Mundial de 1970.
Desde tiempos inmemoriales los seres humanos se han constituido en pueblos, grupos o culturas. Dentro de cada uno, cada individuo tiene su propia identidad, pero a la vez comparte aspectos comunes con el resto de individuos que componen dicho grupo, tales como la lengua, las costumbres, los rasgos físicos, etc. En la era moderna, las revoluciones burguesas y el crecimiento de los pueblos estableció el concepto de nación como idea máxima para delimitar geográfica y socialmente cada pueblo, creando las fronteras que habían de separarlos, los ejércitos que debían defenderlos y los símbolos que diferenciaban a cada uno de ellos. Es en este período cuando empiezan a aparecer los primeros movimientos independentistas como en Italia o Alemania, reclamando nuevos territorios como nación, y en donde surgen fuertes sentimientos de apego hacia lo propio. En sí, estos sentimientos de apego no tienen aparentemente nada de malo. Sin embargo, y a colación de lo que queremos reflexionar en este escrito, la historia demuestra que éste sentimiento a menudo tiende a una pasión desmesurada, que en el peor de los casos se torna en fanatismo.
Históricamente, el fervor nacionalista ha sido una pieza clave en el ámbito militar y político. Los estados que se declaraban en guerra necesitaban el apoyo incondicional de sus súbditos si querían salir victoriosos y para ello debían inculcar en las masas la idea de que el amor a la patria estaba por encima de todo. El extremo de ésta idea culminó en Alemania con la ideología nazi, en la que millones de alemanes fueron embaucados por la sinrazón de un partido y de un hombre que tenía el afán de conquistar el mundo. Pasado el período de guerras mundiales, guerras frías y las llamadas “guerras contra el terrorismo”, el mundo actual se encuentra en una aparente calma bélica. Aún así, el sentir nacionalista nunca decae. Si bien en el ámbito político se mantiene viva la presencia de grupos políticos ultraderechistas en muchos países, con fuertes tendencias nacionalistas, en el ámbito en donde se ha impuesto de manera abrumadora es en el deporte. Como fenómeno de masas y susceptible de ser controlado por los estados, se convierte en el vehículo más adecuado para conservar e incluso extender el sentir nacionalista en vista a futuras contiendas bélicas.
Las competiciones deportivas son una muestra del instinto de lucha inherente al ser humano en todas las épocas. Representantes deportistas de los países se enfrentan en una lucha simbólica, como si de una guerra se tratase, en un esfuerzo perseverante por conservar la identidad nacional. A su vez, millones de aficionados salen en masa como si fueran hordas de un ejército en una demostración de tensiones, expresando sentimientos de odio, alegría, ira, pasión, etc. Alienados e idiotizados por los estados, son utilizados como ovejas de un rebaño para perpetuar la lacra del nacionalismo.
Bibliografía:
-Igor Filibi. Deporte y nacionalismo. (Página consultada el 1 de diciembre de 2013)
-CCIonline. Deporte, nacionalismo e imperialismo.(Página consultada el 1 de diciembre de 2013)
Errante. Nacionalismo y deporte. (Página consultada el 1 de diciembre de 2013)Dirección URL: http://laespecieerrante.blogspot.com.es/2012/07/nacionalismo-y-deporte_14.html




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