El deporte
está cada vez más politizado. Por su parte, el nacionalismo trata
de sacar partido del deporte en general y del fútbol en particular.
Mucha gente pensará que esto está mal y probablemente tengan razón.
Pero, ¿quién politiza el deporte? ¿Quién trata de usarlo para sus
fines? En su origen, el deporte es una actividad lúdica, cuyo
principal fin es dar cauce al instinto explorador y competitivo del
ser humano que, mediante la disciplina y el sacrificio, trata de
alcanzar la excelencia. El deporte también permite canalizar las
tensiones sociales y evitar conflictos violentos. Por lo tanto, el
deporte no es sólo un pasatiempo, sino que cumple importantes
funciones en cualquier sociedad. Por eso los seguidores se
identifican con sus deportistas favoritos y llega a considerarlos
verdaderos héroes.
Cuando los
deportistas representan a ciudades o países, esta capacidad de
identificación adquiere relevancia política. Las antiguas ciudades
griegas, los estados de la época, paraban hasta las guerras para
medir sus fuerzas por medio del deporte en distintas competiciones y
en los Juegos Olímpicos.
Ayer y hoy,
además de la victoria deportiva, estas competiciones otorgaban
prestigio internacional. Si una ciudad era realmente poderosa también
debía mostrar ese poder por medio de sus atletas. Y al revés, si
alguien destacaba deportivamente era previsible que fuese un rival
temible en la guerra.
No hay duda de que los estados han usado el deporte desde siempre
para aumentar su prestigio, demostrar su poder y cohesionar a sus
sociedades alimentando el nacionalismo. Por este motivo, han
controlado la organización del deporte internacional. No es cierto
que en los Juegos Olímpicos estén los mejores deportistas del
mundo. Compiten los mejores de los diversos estados, que no es
exactamente lo mismo. En ocasiones, hay atletas excelentes que no
pueden ir porque su país es extraordinario en un deporte, como en el
caso de los velocistas estadounidenses, cuyas pruebas nacionales de
clasificación en ocasiones han tenido mejores marcas que las finales
olímpicas. A su vez, en los campeonatos internacionales de fútbol,
por poner algunos ejemplos, muchas veces han faltado futbolistas
excepcionales porque sus selecciones nacionales eran muy flojas. Esto
implica que jugadores como Eto"o (Camerún) o Adebayor (Togo) no
siempre tienen asegurada su participación en los grandes eventos
deportivos. El mundo de la política internacional está controlado
por los estados y el del deporte internacional, también.
Por si todo esto
fuese poco, cuando hay un partido de la selección española, aunque
sea un amistoso intrascendente, no puede haber ningún otro partido
en la televisión el mismo día, incluso aunque sea a otra hora. Ello
condiciona absolutamente los calendarios de las selecciones no
oficiales e incluso de los clubes, concentrando partidos y machacando
a los jugadores. Por ejemplo, debido a esta norma, el partido entre
el Athletic y Paraguay no pudo ser retransmitido por ninguna
televisión, con las consiguientes pérdidas para el club en un
partido cuya recaudación era para el fútbol base
Cada vez que
vemos un partido de cualquier deporte, el locutor nunca pierde la
oportunidad de recordarnos que el gol es de un futbolista argentino,
la etapa se la lleva un ciclista francés o la saltadora rusa ha
batido un récord del mundo. Constantemente se refuerza el vínculo
entre deporte y nacionalismo. La copa de fútbol es del rey y de
España, hay muchos clubes cuyos nombres comienza por Real, etc.
¿Quién usa el deporte de forma nacionalista?
La “neutralidad
política” del deporte es un mito. Es, gracias a los medios entre
otras cosas, el caldo de cultivo de la identificación chovinista,
del nacionalismo. De hecho el deporte es incluso un canal
privilegiado para inocular ese veneno tan nocivo.
El nacionalismo
se ha cultivado siempre contra los explotados mediante el ritual y
los símbolos que enmarcan esos encuentros. La puesta en escena con
fines propagandísticos no es, como pretende hacerlo creer la
historia oficial, algo propio del nazismo o el estalinismo, sino una
práctica general de todos los países. Para cerciorarse de ello,
basta con recordar los protocolos y las fastuosidades en la apertura
de las Olimpiadas de Pekín en 2008 o en las de Londres de 2012, o el
salto al campo de los equipos nacionales de fútbol en los grandes
encuentros. Los grandes espectáculos deportivos permiten hacer
surgir fuertes emociones colectivas que guían fácilmente las mentes
hacia un universo de códigos y símbolos nacionales
En África del
Sur, por ejemplo, el ANC de Mandela en nombre de la lucha contra el
apartheid, utilizó los colores del equipo de rugby para encauzar la
lucha de clases hacia la mistificación nacional. Las grandes
victorias deportivas también pueden prolongar ese principio de
sumisión ciega en una especie de histeria colectiva (como ha podido
observarse con la victoria de la selección española en el mundial
de fútbol de 2010, o la de Italia unos años antes, o la del equipo
de Francia en 1998...), con demostraciones de júbilo infestadas de
banderas y mitos nacionales prefabricados. Finalmente, la guerra por
los títulos, las medallas, nación contra nación, intenta mantener,
igual que en los frentes durante los conflictos bélicos, esa
dependencia de los espíritus, cultivando siempre el terreno de la
xenofobia y de las violencias nacionalistas. El deporte es siempre
encarnación de los intereses de los Estados, según el mismo ritual
que el del ejército: decoraciones, citaciones, desfiles. Como decía
Rosa Luxemburgo durante la Primera Guerra mundial: “Los intereses
nacionales no son sino una mistificación cuyo fin es poner a las
masas populares laboriosas al servicio de su enemigo mortal: el
imperialismo.
El deporte
siempre ha sido instrumentalizado en los enfrentamientos
imperialistas. Las Olimpiadas de Berlín, en 1936, por ejemplo,
sirvieron de punta de lanza de la militarización, anticipando las
manifestaciones de fuerza de las potencias del “Eje”, bloque
militar que iba a luchar por su “espacio vital”. Para los nazis,
los campeones debían ser “guerreros por Alemania, embajadores del
3er Reich”. Según Hitler, el joven deportista alemán debía ser
“resistente como el cuero, duro como el acero de Krupp”
El deporte tenía
que preparar la guerra imperialista y servir para evidenciar la
“superioridad de la raza aria”
Todos los
encuentros deportivos fueron un medio para el régimen nazi de hacer
que ondeara simbólicamente su bandera sobre todos los territorios
que codiciaba.
Para lo que
sería el campo bélico adverso, los encuentros deportivos iban
también a servir para preparar física y mentalmente para la guerra
a los “resistentes”. Las organizaciones estalinistas y
social-patriotas intentaron incluso organizar una “contra-olimpiada”
en Barcelona en julio de 1936, para alistar a los proletarios tras
los estandartes del antifascismo. Aunque tal proyecto no pudo
concretarse, debido al golpe de Estado franquista, sí que sirvió
para incrementar la adhesión ideológica al bloque imperialista de
los futuros “aliados”. El deporte aportó su pequeña
contribución, de un lado y del otro, a lo que acabaría siendo una
nueva carnicería mundial en la que hubo más de 50 millones de
muertos.
En todas las
ocasiones, los Estados implicados en las contiendas deportivas, han
presentado siempre a sus atletas, a menudo dopados a tope, como “en
guerra” para retar al “enemigo”, ya en el marco de bloques
militares rivales, ya en su propio seno de éstos, o, tras la
desaparición de dichos bloques, entre naciones. El fútbol ha
ilustrado con creces esas tensiones, nutriendo los odios entre la
muchedumbre. Hay ejemplos a montones, pero solo mencionaremos el
trágico episodio del partido entre El Salvador y Honduras, en 1969,
calificativo para el Mundial de 1970.
Desde tiempos
inmemoriales los seres humanos se han constituido en pueblos, grupos
o culturas. Dentro de cada uno, cada individuo tiene su propia
identidad, pero a la vez comparte aspectos comunes con el resto de
individuos que componen dicho grupo, tales como la lengua, las
costumbres, los rasgos físicos, etc. En la era moderna, las
revoluciones burguesas y el crecimiento de los pueblos estableció el
concepto de nación como idea máxima para delimitar geográfica y
socialmente cada pueblo, creando las fronteras que habían de
separarlos, los ejércitos que debían defenderlos y los símbolos
que diferenciaban a cada uno de ellos. Es en este período cuando
empiezan a aparecer los primeros movimientos independentistas como en
Italia o Alemania, reclamando nuevos territorios como nación, y en
donde surgen fuertes sentimientos de apego hacia lo propio. En sí,
estos sentimientos de apego no tienen aparentemente nada de malo. Sin
embargo, y a colación de lo que queremos reflexionar en este
escrito, la historia demuestra que éste sentimiento a menudo tiende
a una pasión desmesurada, que en el peor de los casos se torna en
fanatismo.
Históricamente,
el fervor nacionalista ha sido una pieza clave en el ámbito militar
y político. Los estados que se declaraban en guerra necesitaban el
apoyo incondicional de sus súbditos si querían salir victoriosos y
para ello debían inculcar en las masas la idea de que el amor a la
patria estaba por encima de todo. El extremo de ésta idea culminó
en Alemania con la ideología nazi, en la que millones de alemanes
fueron embaucados por la sinrazón de un partido y de un hombre que
tenía el afán de conquistar el mundo. Pasado el período de guerras
mundiales, guerras frías y las llamadas “guerras contra el
terrorismo”, el mundo actual se encuentra en una aparente calma
bélica. Aún así, el sentir nacionalista nunca decae. Si bien en el
ámbito político se mantiene viva la presencia de grupos políticos
ultraderechistas en muchos países, con fuertes tendencias
nacionalistas, en el ámbito en donde se ha impuesto de manera
abrumadora es en el deporte. Como fenómeno de masas y susceptible de
ser controlado por los estados, se convierte en el vehículo más
adecuado para conservar e incluso extender el sentir nacionalista en
vista a futuras contiendas bélicas.
Las
competiciones deportivas son una muestra del instinto de lucha
inherente al ser humano en todas las épocas. Representantes
deportistas de los países se enfrentan en una lucha simbólica, como
si de una guerra se tratase, en un esfuerzo perseverante por
conservar la identidad nacional. A su vez, millones de aficionados
salen en masa como si fueran hordas de un ejército en una
demostración de tensiones, expresando sentimientos de odio, alegría,
ira, pasión, etc. Alienados e idiotizados por los estados, son
utilizados como ovejas de un rebaño para perpetuar la lacra del
nacionalismo.
Bibliografía:
-Igor
Filibi. Deporte y nacionalismo. (Página consultada el 1 de diciembre
de 2013)
-CCIonline.
Deporte, nacionalismo e imperialismo.(Página
consultada el 1 de diciembre de 2013)
Dirección
URL:
http://es.internationalism.org/ccionline/201305/3735/deporte-nacionalismo-e-imperialismo
Errante.
Nacionalismo y deporte. (Página consultada el 1 de diciembre de
2013)Dirección URL:
http://laespecieerrante.blogspot.com.es/2012/07/nacionalismo-y-deporte_14.html
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